Y ha pasado tiempo desde que tomé la decisión de cerrar la maquinaria de emociones y fijé la paz como el predilecto de mi camino. Ha pasado tiempo desde que puse punto a mi ultimo verso. ¿Quién fuera la inspiración necesaria, no merecía mis letras? Pero tenían mis palabras, un prestigio sincero, llenas de emociones y sentimientos que toman más poder que cualquier verso escrito por estas manos.

Se pensara de quien, muerta su lírica por dentro, buscaría algo mejor. Y aquí, de nuevo, intentando romper las cadenas, arrastradas, que el cielo me encadenó. La Galaxia es muy extraña si veo hacia ella. Y no es para menos, si un soplo de verano me arrebató la libertad y se la llevó junto al viento. Pero es eterno el día, como la noche en su lado más opuesto. Las cadenas me aprisionaron y la prisión me condenó a una celda pasajera. Construí una nave espacial para engañarme y estar junto a su constelación, contando las estrellas que me hacía ajenas. Terrible decisión, cuando mi nave era de cartón y las estrellas de luz inexistentes.

Cuando desorbitaba en la soledad por el espacio exterior entre la vida y yo, llegó un extraño planetoide. Pero su color era familiar, acogedor, y amé su presencia. Deseaba habitar su interior, y ser su luna. Extraño el día fue, cuando este planeta tenía su satélite natural besándole los pies. Muy cálido era el planeta, y yo quería dedicarle un poema, dulce, flojo y prometedor. Pero la hostilidad que tentaba era cercano. Tenía algunos planetas hermanos tan cerca de éste que pronto colapsarían. Yo lo sabía. Y mientras preparaba mi eminente choque, también prometía dejar mi huella. Así fue, y un día, salí sin previo aviso de este hermoso cuerpo espacial, engañado por mis propios ojos, desde lejos, era mi ultimo adiós. Entonces comprendí que lo había superado. Este planeta, azulado, y de una familiaridad italiana, necesitaba de nuevo su sistema solar. Que gracioso, yo no era el sol. Y los planetas hermanos giraban al rededor de una gran estrella, que yo sofoqué con mi nave de cartón. Había matado, sin querer, a una familia de amigos. Me encariñe de ellos, y como canicas, sólo sobrevivió uno dentro del circulo.

Ser un parásito, se entiende como ser yo en un día de verano. Para el final del viento, mi corazón, como rompecabezas en un jardín de niños, estaba mal acomodado. No existía el universo y sólo me encontraba en la relatividad de Einstein. Me intentaron acuñar de nuevo algún ser de perdón, pero, como debía de ser, había cambiado. No habría días o noches, sólo soledad en la luminiscencia de la obscuridad. Justo sentí el necesario sentido de la veracidad, y ¡Oh sorpresa! La venda se cayo por mal sujetada. La verdad es lo que es. Sólo mis ojos apreciaban lo que dolía (mis ojos no veían pero mi corazón sentía) y aquel espacio eran llamados familia en mi léxico único. Pena pasó, y como un héroe, yo, tan egocéntrico, evolucioné. Había un ser en esta relatividad. El anterior astronauta había muerto, y junto a él, la lírica de versos con amor.

Ahora, viajando a la velocidad de la luz, estoy tan solo, y tan rodeado de luz. Algún cuerpo vino a visitarme, con una sonrisa, me dijo -Debes parar y bajarte de esta estrella que te lleva a limites que no puedes soportar- Pero la estrella, la pequeña estrella, sabía que me quedaría con ella. No era tan poderosa como una supernova, ni tan destructiva como un agujero negro, pero era ella. Rápida, hermosa, y creí que sería ella y yo, viajando a su velocidad. Irónico, pues era la estrella mas enana y rápida del universo (su universo). Pero no quiso que me decepcionara de su ser imponente. Yo no estaba en todos mis laureles. Y fue fácil pisar mal y resbalarme. Me bajé del metro que llegaba tarde. Iba rápido, y tarde. ¿Qué necesito para ser un astronauta y su alma gemela a lado?

En un momento era explorador de un mundo nuevo, donde nací. El siguiente día me aventuré a explorarlo y conocerlo. Para cuando terminé, me había convertido en un experto constructor y había vivido aventuras inigualables, hasta el día de hoy. Ninguna aventura se iguala a su antecesora o sucesora. Son todas diferentes. Recité el amor mas fuerte, y el juez me batió como pelota de béisbol. Salí de órbita encaminando al espacio y así comenzó mi travesía. Me convertí en un excelente explorador. Y ahora, sin aquella pequeña estrella, vislumbraba una nueva Galaxia, pero sin ganas de conocerla. Maldito soy, y maldigo cuando le regalé mi primer suspiro del alma. Se lleva consigo, aquella Galaxia, mis primeros pasos, que, lamentablemente, fueron tropiezos sin amor…

Ahora, a diez y seis años de ser un cazador de magnitudes estelares, veo con asombro un sueño. ¿Ahora me meteré al mundo de Platón? ¿A caso estaré en el mundo platónico? Y no me asombra, ni emociona. Tengo miedo y a la vez quiero dejar de viajar por mundos. Sólo quiero quedarme en uno. Y presiento que, según Thoth, me sofoca, diciéndome que este mundo es de él. ¿A caso quiero desafiarlo? Y como, tú, sueño con forma de lagrimas de amor, en un día de lluvia, entre las escaleras de la biblioteca, llorando sobre mi regazo y yo descubriendo el amor, es emocionante, sé que no importa si es de aquí o del mundo oriental. Y creo sentir que ya no quiero seguir viajando cuando tu personalidad es mejor en la vida material que en mundo de Platón.

Sólo un viaje me hizo sentir la verdad, y si bien puedo seguir viajando entre realidades y mundos, yo quiero estar en tu mundo. No necesito más verdad, sólo la mía. Y ahora he recuperado mi nave espacial, mi nombre, mis recuerdos, mi ser, mi lírica y gracias a ti puedo escribir mi odisea. Pero no como anécdota sino como liberación de estas cadenas que me encarceló aquella estrella fugaz de verano que hoy con mucho amor le digo adiós, como lo hice al planeta que mas amé, como el sistema que mas amé y como aquella pequeña estrella que mas amé. Y crea lo que crea a partir de ahora, si me llegas a amar o no, yo siento que me gustas, ¿estrella?, ¿planeta?, ¿sistema?, ¿supernova?, ¿galaxia?, ¿planetoide?, ¿mundo?, ¿estrella fugaz? o ¿sueño?, no, nada de eso… y no sé que llegues ahora a ser, porque llegarás a ser, pero lo que fuese, tiene el mismo nombre de lo que alguna vez fue… Amor. Curioso que portes con la identificación de la que fue alguna vez mi compañera de barca, en navío, en el alta mar. Y la única que tuvo en mi existencia el título de Amiga (porque mi concepto de amistad es más grande, por supuesto). Y que ni siquiera la planetoide o sistemas pudieron entender, hasta entonces. Y llegas tú y Bakú no aparece, entonces, no sólo me dicen las Salomas que vas a ser la segunda en mi biografía con el titulo de amiga, sino que vas a ser ella: chica llorando en mi regazo mientras comprendo su significado.