Chiquilla

Lo que vaya sonando por la radio,
brindando un espacio musical,
sirve como pista para romantizar la ventanilla.
Marbella y yo esperamos el cambio del pasaje,
mientras acomoda su mochila en sus pantorrillas.
Suben personas que seguramente han de estar ansiosas de regresar a su casa.
Por ello, entre sudadas frentes, zapatos desgastados,
bolsas con verduras y dos estudiantes,
nuestros cuerpos se apachurran entre sí, para dar espacio a una oficinista.

No tuvimos el mejor día, como cual fuera nuestro último despido.
Desde Copilco, por salir tarde, a causa de una mala cita,
abordamos el metro en plena hora pico.
Realmente no planeamos perdernos por Cerro de las Campanas
y comprar golosinas en Abarrotes Lilia.
Pero fuimos presa del color purpura,
y recorrimos varios parques hasta topar con otra avenida.
Todo habría salido curiosamente bien, si no fuera por Julian,
y su cara bonita. No eramos novios y nunca lo seremos,
pero duele verla acortejada por otro hombre.
Además, yo no soy tierno ni expresivo.
No regalo abrazos y niego decirle te quiero.
Pero sabemos que esa es nuestra amistad.
Cuando terminaron de charlar, se despidieron de un beso,
y seguimos por las escaleras hasta llegar a Pantitlán.
Fue incómodo para mí, pero fue peor haber fingido que no era así.
Las horas connotaron sutiles desvíos de miradas lejos de mis pupilas.
Era evidente, ella deseaba tenerme y yo me negaba.
No dijo ninguna palabra hasta que, riéndonos por una caída, volvimos de la nada.
Bajando por la parada D, quise mostrarle Treasured Time, pero no teníamos audífonos.
No los necesitamos igualmente.

Henos aquí, sobre Los Reyes mirando la ventanilla,
nuestras manos casi queriéndose tocar, y Mil Horas de fondo.
Si fuera chiste, el remate es justo ahora.

Cuando lleguemos al veintisiete, ella susurrará “saranghaeyo”,
seguramente, acomodando su vista bajo mi nariz.
Llegaremos a la fachada lila, ella recorriendo su monedero,
abrirá la puerta con una de las llaves.
Recargada para despedirse, me quedará un segundo de ventaja.
Es hoy o nunca, en preciso momento, hubiere confesarle mi requinto de amor.
A media hora de relativo final, sólo supondré que estamos en paz, chiquilla.

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