De colores otoñales se reviste el campo verde,
Hojas que entre el viento frío
Tiemblan delicadas;

Desde lo alto del horizonte
Contemplo con vehemencia
La torre gris que espumea en la campiña,

Desde la tierra finita
Que se abre vaporosa
Bajo las argénteas nubes.

Entonces a los confines del mundo me acerco,
Y me arrebata la cordura
El silencio del prado
De barro cubierto,

Contemplando aturdido
La inmensidad del valle florido,
Que con amarillos copos de flor
Se aleja tranquila en el espacio eterno.

Desde la ventana del viejo arrecife,
Con felicidad respiro
El baile de las azuladas hojas lejanas,

Que tal que ninfas griegas
Mueven sus raíces
Con lánguida nostalgia,

Acariciando al anciano océano,
Como las mujeres del Sol,
Brillando magnas y altivas,

Como la Musa que se despierta
Por el ruido de las rocas en la noche,
O como el valor de Apolo el flechador,

Que anima a sus guerreros
En la sonrojada tarde.

Así se abren a mis cansados ojos,
En la tiniebla de los tiempos,
Belleza y nobleza,

Juntas como hermanas,
Hijas y reinas
De un imperio siempre nuevo.