Aquella mujer anciana
que veia a lo lejos
segun me acercaba caminando
acera abajo,
tratando de tirar la basura
como quien se enfrenta a un
revés de la vida.
Y su andador, que más que andar,
se precipitaba corriendo cuesta
abajo.

Y ahí estaba yo,
más bien dejandome caer.

La vida me abría
un pequeño filo
de su abánico
y
me mostraba una
pequeña mueca
de su sonrisa

Para frenar aquel trasto,
y con la cordialidad y benevolencia
de un joven dispuesto, acercarselo de nuevo
a su dueña.

Y recuerdo como con amplia sonrisa y llena
de gratitud me daba las gracias y me regalaba
aquella típica cantinela de `ay, señor! si todos
los jóvenes fuesen como tu’

Y como recobraba mis pasos hacia ninguna parte,
hacia ningún futuro, hacia ninguna vida.

Y como aquella lágrima se resbalaba por mi mejilla
como la gota sobre el cuello de una botella de cerveza humeda,

por que no cuidé bien a mis amigos,
por que no amé bien a las mujeres,
por que no supe relacionarme con mi entorno,
o
por que rompí por incontables lazos la relación
con mi familia.

Pero por un instante,
hice sonreir a aquella
mujer anciana,

y por un momento,
sentí que entre todo
lo que yacía quemado
sobre mis manos,
podía palpar el fino
tacto de algo fértil.

Tierra donde pudiése
crecer algo.
Una semilla
de esperanza.

Abono para el futuro.

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