Temblorosa la hoja aquella,
perenne o fugaz cual suave brisa;
se gestaba en el cielo una estrella,
y ahí estuve contemplando, sin prisa.

El aura en un todo te envolvía,
y eras como musa de ensueño;
inspiración de la noche y del día,
elevándome a un mayor tamaño.

Fue efímero, mas eterno el momento,
perfume silvestre, dulce primavera;
aún repercute el eco de tu encanto,
esa aparición de suerte cual quimera.

Y me empapé de tu blanco resplandecer,
los reflejos de tu sonrisa eran cuna de mis ojos;
tanta perfección al irte como al volver,
tantos latidos extrajeron esos labios rojos.