Ajedrez

Estoy sentado mirando las fichas de mi juego por excelencia y pensando en mi próxima jugada, observo el rostro de mi oponente y la seriedad de su expresión al analizar su siguiente movimiento.

Y al ver esto no puedo evitar comparar esta partida con la vida misma y con cada situación.

¡Cuanta similitud!

Cada variante, cada movimiento, toda estrategia, decisiones que definen el juego, las fichas mismas, son tan parecidas a la vida en general.

A nosotros.

Miro a mi oponente realizar su movimiento, y pienso ¿Qué sigue?

No parece que vaya a ganar de hecho hasta parece una mala decisión, sin embargo, se ve tan seguro de sí.

Antes de hacer mi jugada pienso, y si cada uno de nosotros es una pieza en el complejo tablero de la vida, todos en diferentes cuadros y con distintas funciones, pero con un mismo objetivo.

Todos somos diferentes pero importantes y necesarios por igual, no hay piezas que sobren, todas son útiles, al igual que nosotros.

Si somos fichas del juego, imaginemos que las “menos fuertes” como son los peones, que parecen no hacer mucho, sin embargo pueden poner en jaque al rey inclusive derrotarlo, pueden superar los obstáculos y al llegar a la meta convertirse en lo que deseen, convertirse en las más poderosas piezas del ajedrez.

Es maravilloso pensar en que si somos constantes llegaremos a cosas grandes, ¿no les parece?

Pero y si en lugar de ser fichas somos quienes las movemos y nuestra vida depende de cómo juguemos y cuanto analicemos nuestras siguientes acciones, ¡qué fascinante!.

Eso significa que tenemos el control de nuestro propio destino.

Significa que podemos llegar a ser grandes en cualquier tema que escojamos, significa que…

¡Oh terminó el juego, gané sin darme cuenta!.

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