A Angélica

La flecha
de mi verso
alcanza,
amada mía,
la terca lejanía
de tu corazón,
y lo traspasa…

Nada valen,
al paso franco
de este beso,
débiles,
inútiles defensas,
si tú,
Angélica querida,
al desearlo tanto
como yo,
morir temes
de gozo
entre mis brazos,
como yo en los tuyos…

Nota así
cómo,
al besarte,
no es el aire,
dulce amada,
quien te besa,
sino yo,
que,
al detener
el tiempo
con mis labios
encendidos,
te beso
con el alma…

¿No oyes cómo
el beso,
al rellenar tu cuerpo
como un guante,
libera un sutil
gemido
de tu entraña,
que abre
su cálida
e íntima morada,
por colmarse
por entero
de mi esencia?

¡Oh, no sabes
cómo lloro
por no ser este día
más que aire,
y no poder tocar
tu terso pelo,
que deslumbra al sol
y enloquece
al viento!

El cofre
de la noche,
conmovido,
me muestra sus lucientes
perlas
para consolarme;
pero yo,
sin sentir la llaga ya
de mi dolor intenso,
te busco más allá,
en la oscuridad profunda
que no conoce el desengaño,
y sueño con hallar tus ojos,
que me dan la vida