El escenario de la mente
iluminado por el foco del tiempo
se reduce a un simple objeto
que del vacío teatro pende.

Aparece en esas ocasiones
alguien que dicta lo que va a suceder.
Sigo sus indicaciones
sin el hilo del recorrido perder.
Para el escriba que lee en su mano
presentarlo era un deber.

En un laúd al que prendió
el fuego de las ilusiones
entre imágenes, desvaríos, visiones,
del reverso llegó
el viajante sin rumbo,
tras burlarse cual bufón
del templo del vendedor de humo.