Te propongo que no me dejes de hablar,
como cuando
me esperabas las tardes de sol abierto
y tu sonrisa eran peces y otros artilugios de alegría.
Te propongo que me roces al pasar
y me saques la lengua
como hacen algunas sábanas que se salen de la cama.
Ya sé que soy poco para ti;
muevo el café sin estilo,
visto como una casa derruida,
pero te propongo que te despeines a esta hora
como un árbol con homilía de viento.
Frente al cenicero
que es el último molusco que ha pisado la mesa,
te propongo que me ames.