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Sueño Infinito

Se cierran bastidores.
La campana de la iglesia tiembla.
Mis labios no respiran.
Comenzó el alumbramiento.

Entonces,

Sumergido en vidrios de plata,
Recorrí una escalera acaramelada,
Un túnel de heridas excitadas,
Y llegué a un manso río de leche.
En él transportábanse
En mantos de colores verdes y azules,
Coronas olvidadas,
Peces fríos,
Cobrizas magnolias.

El agua entraba
Entre rejas de arpa,
Frutos luminosos
Caídos del follaje profundo,
De una mano agrietada
Que corta los caminos.

Látigos, carros y trompetas
Escribían un libro
En la orilla de tus pechos,
Inflamados como azúcar,
Duros como piedras.

Y en ellos leí mi caída de este mundo,
Cuyos árboles de sueño están hechos,
Y las hojas son virtudes,
Alabanzas de reyes,
Palabras de genios.

En la plaza del pueblo
Una mujer soñaba,
Su aliento tomé prestado,
Y allí mismo me abrió
Trenzas de alabastro,
Donde pude viajar sin pausa,
Entre valles de agua sólida,
Y cuencas verdes de mar.

Las playas eran añiles,
Y el océano anaranjado,
Los ojos de las hembras,
Como tigres blancos llameantes.

El cielo se hizo papel,
Y de él llovieron sentencias,
Notas de música tronantes,
Con las que el campo se bañaba.

Animales y hombres pastaban,
Unos con cetro, otros con arado,
Mezclados con rocío divino,
Que brotaba en los palacios.

Los astros se hallaban taciturnos,
Y con instrumentos armoniosos
Cantaban
Al suelo, a la vida,
Al ensueño,
A la gloria, a los ejércitos.

Los pájaros lloraban con fiebre fría,
Lágrimas desbordadas
Del mar de la tibieza.

Mi pluma una diosa era,
Juez de láceos cabellos,
Fina sonrisa en la boca.

Así cuidé yo tu pecho,
Así soñé yo tus ojos,
Húmedos planetas
Hambrientos de hombres fuertes,
Que caminan entre espuma
Acariciada por el cielo.

Sobre tu cálida frente
Ceñí mi cinta de seda,
Y en ella musité mis besos,
Que corrían ardientes
Hasta la pulpa de tu lengua.

Y allí soñé con genios,
Duendes de profunda inteligencia,
Y un país de lino hecho,
Con las cuerdas del ensueño.

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