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Querida despedida

Mañana la Navidad termina
y, de repente,
de madrugada,
me invade el espíritu bondadoso que correspondía
días atrás.

Quiero ser feliz.
Abrazar a todo el mundo.
No quiero estar triste.
Quiero volver a ser yo.
La que sonreía con desmedida.
La que se ilusionaba por cualquier tontería.

Lo he entendido todo.
Por fin he comprendido que no eres para mí.
Que esto se termina.
Por fin he sido capaz de aceptar
que ya no nos removeremos juntos bajo las sábanas.

Pero quiero dejar de llorar.
Porque me has enseñado muchas cosas,
sin ni siquiera quererlo.
Porque que te alejes tú
quiere decir que viene alguien mejor.

Siempre te querré.
Con locura.
Del mismo modo irracional.
Cómo cuando me sonreías el 25 de diciembre
mientras me tenías debajo tuyo,
muriendo de placer.

Como aquel día sobre la nieve
en el que me hiciste sentir
la chica más especial del mundo
con solo un beso.

Es sorprendente,
porque, mientras escribo esto,
lágrimas negras me manchan la cara.
Paradójicamente, no son oscuras.
Sino claras.
Blancas.
Preciosas.
A pesar de que melancólicas.

Me siento bien,
de repente.
Liberada.
Aliviada.

Se que esto no podía durar
para siempre jamás.

Tan sólo deseo
que un día,
en un tiempo lejano,
te des cuenta de que yo era
tu angelito.
Tu dulce,
maravilloso
angelito resplandeciente.

Quizás mañana,
cuando te dé mi último regalo,
llore,
o sonría.
Quizás mañana te diré que te amo.

Tan sólo espero
confesarlo sonriente.
Con el rostro sereno.
Tranquilo.
Sincero.
Sólo así, no recibirás mi mensaje
de forma equivocada.

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