Había un tacto viejo, quizás olvidado, las sombras de las velas, tu sangre palpitando entre mis labios. Un sabor almizclado de encierros. Ahora la sal del mar me devolvía al naufragio de los días mientras me mentabas el dolor de los bajíos que habían encallado tus años de juventud. Lo prohibido habita siempre entre los olas bajas, entre los remolinos del atrevimiento. Hoy me has hecho feliz entre tus pechos.

Hoy me has mandado de nuevo a los altares,
Victima sacrificial de los deseos,
En un holocausto propicatorio entre volutas de humo e incienso,
Así me ha gustado rendirme.