Era un día de otoño,
las hojas de los árboles caían
y secas en la tierra yacían,
los pétalos de capullo ya no abrían
y un lamento de dolor en el aire había.
Se acercaba ya el ocaso,
los rayos del sol alumbraban tenuemente
aquel rostro pálido, casi transparente
¡era un rostro frío!
¡era un rostro de muerte!
sus ojos se volvieron aun más negros
como si en sus pupilas se abriera un abismo,
es posible que aquella niña de temple fuerte
con líneas de mujer tan lozano y suave
estuviera agonizando.
Apenas nacía a la vida y se negaba a vivirla,
¿por qué? ¿por qué aquella cobardía?
¿a quién temía aquella niña hermosa?
El viento llevo hasta mí su último suspiro
¡adiós amor!, yo te perdono
entonces comprendí su rara muerte
estaba herida, alguien sin piedad
su corazón había destrozado
y guardaba en sus entrañas
un tumulto de tristezas y agonía.
Todo quedo en silencio
tan quieto como la calma de sus ojos aun abiertos
esperando ver por última vez a su amado.