Me trae greda sedosa
el viento matutino.
Me arroja
cristales rotos
derramados
del sol saliente.

Me trae sueño vegetal
el viento nocturno.
Me remite
hondos suspiros
desprendidos
de la luna menguante.

Se despiertan las sombras,
Se despiertan los grillos solitarios.
Se desfilan los pétalos,
empapados de rocío.

Se despierta la nostalgia,
codificada de una ternura apabullante,
y me besa con frenesí.

Donde comienza la despedida,
ahí renace la memoria:
un mar de querer
olea de puntillas
encima de los despojos
de la última mirada
de aquel
a quien le enterré
en el panteón del olvido.