Cómo debió ser tu vida,
joven de las dos caras.
Se cuenta que el otro rostro,
en tu cabeza susurraba.
Abría y cerraba sus ojos,
y su boca aparecía sellada.
Pegados por pelo y un antojo,
el de no haber querido compartir
cerebro, estorbo y canas.
No dormías, no soñabas.
No quisiste salir de tu cama.
Tu gemelo demoníaco,
de ti se apoderaba.
Ningún cirujano se atrevió
a aliviarte de tamaño sufrimiento y dolor.
Con veintitrés años, bebiste veneno
y en una carta explicabas:
«Arranquen de mi nuca atormentada,
el demonio que siempre me susurraba»