Acostado, quieto, sin pulso y muerto yace aquel niño quien en su ir y venir se encuentra con la antiquisima devoradora inmortal.
Sus frios ojos miran al vacio, miran al cadaver de la inocencia corromperse bajo el ineludible influjo del titan colosal llamado tiempo.
Es ella quien hoy posa el velo sobre ese rostro inexpresivo carente de maldad y de sevicia,
pero que triste es aquella verdad que dificil es el acto de limpiar la pureza para darle campo a la putrefacion y ese hedor nauseabundo llamado realidad
Pobre anciana Muerte obligada a vivir para ver surgir y decaer
obligada a mirar pero sin poder objetar o intervenir
pobre, pobre anciana Muerte